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  • Foto del escritor: Carolina Lancilla
    Carolina Lancilla
  • 5 ene 2025
  • 1 min de lectura

Lo que lleva al hombre a plantarse ante la inmensidad en absoluta desnudez. Una inmensidad de espacio flexible, elástico. El universo comprimido. Zipeado en sesenta metros cúbicos. O en sesenta mililitros, envase chico, si el resabio es la esencia.

Bajar la guardia también es cosa de héroes, otra clase de areté.

Pasado en ruinas, más o menos reciente... qué importa.

Mirarse al espejo y reconocerse ante lo incierto.  Maquillarse las cicatrices de heridas infringidas por algún destino mal entendido por la excesiva atención a los oráculos y sus falacias. 

No es cosa justa andar de padeceres. 

Detrás, ruinas. Adelante, el abismo. La espada y la pared, el subtítulo de la existencia nuestra de cada día.

Sin embargo, el bálsamo anidado en el cuenco de unas manos blandas traen el alivio de los pies cansados, como si los lavara el mismísimo Cristo.




 
 
 
  • Foto del escritor: Carolina Lancilla
    Carolina Lancilla
  • 5 oct 2024
  • 1 min de lectura

Las cosas más importantes de la vida requieren tiempo. Fundamental en la evolución.

Somos proceso.

Mirar una puesta de sol, por ejemplo, es desarrollar la capacidad de espera ante los astros.

A nadie se le ocurriría ir a buscar uno solamente para moverlo de lugar.

O sí.

A algún enamorado, de esos que no volvieron y tal vez se hayan quedado distraídos divagando en el éxtasis de la negrura del noarribanoabajo.

De los que se perdieron gracias a la aguja flotante de la brújula, que nadie preparó para las profundidades estelares.

Gracias a la aguja.

Mientras tanto, las maravillas suceden desde la perspectiva terrena.

Pero todas, todas… requieren tiempo.

Una conversación que nos construye, un aprendizaje, el primer paso, un descubrimiento, la amistad, la palabra mamá, levantar un edificio, el arte, el sexo, enamorarse, olvidar…

Tal vez por eso me sea incomprensible la vida atravesada por la prisa. No acepto ninguna aguja que pretenda direccionarla.

También necesite tiempo también para aceptar las brújulas y los relojes.

Mientras tanto, llegó la época de los jazmines y las flores del paraíso, y ahí me voy a detener … un largo rato.

Valdrá la pena llegar tarde adonde sea.




ph:Irina Scheglova


 
 
 
  • Foto del escritor: Carolina Lancilla
    Carolina Lancilla
  • 23 sept 2024
  • 1 min de lectura

Mirar el agua es una terapia universal. El pescador lo sabe. El poeta también.

La excusa perfecta para ahogar la angustia en la espuma de la resaca y disfrazarla de camalote.

Casi siempre poetas y pescadores cruzan los pensamientos tormentosos en el reflejo del oleaje, disimuladamente, con el único objetivo que enredar los hilos y perderlos como plomada en el agua marrón.

Y silbando bajito se cambian las penas en la maraña de la pérdida.

En el simulacro de no darse cuenta cada quien se lleva el sedal de otro, que por ajeno puede descartarse fácilmente en algún contenedor de alguna esquina.

Porque siempre perder el dolor ajeno inclina menos la balanza. La compasión es puro cuento.

 
 
 
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