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Bitácora 18-02-25

  • Foto del escritor: Carolina Lancilla
    Carolina Lancilla
  • 18 feb 2025
  • 1 min de lectura

Si de atardeceres tenemos huellas, es porque se vive en rotunda soledad ante el paisaje. Un paisaje que delimita inequívocamente nuestra luz y nuestra sombra.

He aquí la trascendencia de los ocasos.

En la frecuencia del sopor olvidado de siesta, un premonitorio sopor nocturno de las horas de silencio aturdidor.

La tierra se eriza en matas y yuyerío, relajada de fiebres sin sombra.

Horas de miedo. Un miedo de hombre que irrumpe acechante de talas y de obreros.

¿Cómo escapar con raíces a cuestas? ¿Cómo sellar el espacio sagrado de las abejas, los musgos de las grietas sagradas y las semillas volantes..?

¿Miedo de qué, pobre hombre solitario?

Te llevaste tus ases bajo la manga, tu batería de frases célebres y datos estadísticos. Tu conocimiento de protocolos y de apellidos tan ilustres como anónimos.  Tus experiencias mundanas para contar en rondas de alcohol y de palabras monocordes.

Lo intrascendente insiste en la rutina. 

Pero allí donde el retorno del pájaro al nido y el pastar de la tropilla marcan la hora de lo incierto, acecha esa oscuridad que nos proyecta.

Insiste la presencia de una voz y de una piel. Alguien que nos acompañe en ese tránsito de vigilia.

Que nos apacigüe el ánimo.

Que sea nido de alas cansadas, brote tierno que calme el hambre de un otro.

Que nos salve de nuestra presencia.

Miedo de paisaje.

La incipiente oscuridad que vaticina el ocaso nos deja a solas.

No podemos huir de nosotros mismos, pobres hombres poderosos...

 
 
 

1 comentario


mrquintana18
08 may

Bellísimo blog!

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