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  • Foto del escritor: Carolina Lancilla
    Carolina Lancilla
  • 25 ene 2025
  • 1 min de lectura

Adonde sea que se llegue se llega con uno.

Y resulta que es precisamente el lugar solitario el que nos pone en el centro de la palestra.

Sensación extraña. 

Ahí se está.

Y están también los miedos, esos que no queríamos ver.

Y el deseo, sobre aquello que no queríamos reconocer.

Un paisaje en soledad es un poco una iglesia, el lugar sagrado que pone en marcha la ceremonia. 

Y el siseo entre las piedras anticipa el sacrificio.



 
 
 
  • Foto del escritor: Carolina Lancilla
    Carolina Lancilla
  • 24 ene 2025
  • 1 min de lectura

No hay tres estados del agua. Hay cuatro.

Puede comprobarse tranquilamente con el dedo gordo del pie: es la nube que se traga el arroyito.

Y uno puede tocar el cielo, envolverse en la transparencia azulina del mediodía e incluso tomárselo. Tomar cielo...

A las manos ahuecadas en cuenco se les escapan los colores fríos, tragados por diminutos cardúmenes hormigueantes en el musgo correoso del pedrerío del lecho.

Ahí, velado por el paisaje inofensivo, en la alquimia del trance del propio reflejo áurico, la nubecordero, con el guiño de la siesta que transcurre y la revela, sumerge un lobezno errante agazapado en el caucetrampa...



 
 
 
  • Foto del escritor: Carolina Lancilla
    Carolina Lancilla
  • 14 ene 2025
  • 1 min de lectura

Seguramente el hombre percute para sentir que domina el latido, ese sesgo de vida que por un instante sin tiempo (de)pende de sus manos.

Una dominancia que llevaría al experto a la categoría de Supremo.

Una fusión espiritual con la esencia sonora del cosmos en el ritmo interno de la vida.

Un juego carnal de manos y parches. De vasijas. De fogones, torno y barro. De viento de cañaverales y agua que rasga las piedras. 

De remolinos en la melena del sauce.

Voces viejas. Gargantas huecas. Cantos ralos.

Un tun tun que sube desde los pies que en un intento de vuelo rasante entre los sembrados manchados de verdes rancios por el sopor de la siesta que los fermenta, cae por el propio peso de la insuficiencia humana.

Ave que no fue... y que por eso baila...

Pura imitación, el tun tun

Jugar a ser Dios.



 
 
 
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