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  • Foto del escritor: Carolina Lancilla
    Carolina Lancilla
  • 31 jul 2024
  • 1 min de lectura

La luz nos hace visibles, sobre todo si el foco está adentro.

Ciudad de almas oscuras... con marañas de recuerdos y pozos insondables. Almas abisales.

Hay veces, sin embargo, en las que un destello de luciérnaga asoma en las pupilas.

Sale el asombro de la bolsa de polvos mágicos y se esparce en la piel para que cada poro se erice ante la maravilla. 

Alegría de puercoespín en los ojos que ya se llenan de esferas luminosas lacerantes del espacio negro de  sombras y  pesadillas.

Formas añejas y estelares. 

En esa visibilidad, lágrimas de prisma... tintes indelebles... 



Ph: Paulino Brener

 
 
 
  • Foto del escritor: Carolina Lancilla
    Carolina Lancilla
  • 26 jul 2024
  • 1 min de lectura

No hay árbol sin pivotante, sin anclarse en lo nutricio y emplazarse en la solidez del suelo para resistir la ventisca.

Después está lo que se ve, las raíces en plural, ignorantes de jerarquías.

La  vida se abre así camino entre intersticios de piedra y limo  oliendo el lecho acuoso y rítmico que inclina  la melena de sauces letárgicos, sombra de poesía siestera que alberga chicharra y sueño.

Toda belleza de la superficie es ilusoria: la verdadera razón del verde muerde el polvo con raigambre en la oscuridad.

El sol que se cuela entre las mechas es sólo una digresión en la linealidad del relato de la vida.

Pronto será noche, y luego invierno.

Lo ilusorio tiene sus costos, y las heladas ya llegan.

Sólo persisten las raíces y los troncos. 

 
 
 
  • Foto del escritor: Carolina Lancilla
    Carolina Lancilla
  • 11 jul 2024
  • 1 min de lectura

Los ciclos de la vida son historias de regresos. 

Nóstos.

El héroe vuelve transformado, victorioso y anhelante de brazos añorados, de besos extrañados.

Tener por quién volver, he aquí su realidad. Tener quién mantenga la memoria del ausente nombrándolo lejos.

El bronce verdoso de la victoria, con  aguerridos Ulises conservando el ánimo y el cuerpo intacto.

Pero... ¿qué hay de los cuerpos anhelantes de un retorno que no fue?¿Qué hay de esas cabezas calizas y de las manos apergaminadas de espera, que no serán heroicamente besadas nunca?

Un regreso es una búsqueda de lo propio en el lugar del que se partió. Con la intrínseca necesidad  de lo inmutable custodiando la escena del abandono aun cuando el cambio  es condición necesaria del discurrir de la vida y de nosotros mismos como relato.

¿Qué se busca, entonces, con el regreso?

Tal vez la levedad del beso  que aflora de los labios cuya voz acompañó la hazaña y susurró el hogar en cada ocaso.

Tal vez la mirada que aún en la pena se reconoce propia.

No hay sin embargo un nombre glorioso para quien espera. No hay tampoco una categoría heroica para nombrarlo. O sí. Paciente... un paciente pathos...

Cada regreso es, pues, doblemente volver a encontrar-se.

 
 
 
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